Parece ser que fueron los nobles franceses, los primeros que adoptaron los zapatos en el siglo IX.
En
1305, el monarca británico Eduardo I decretó la medida oficial de la
pulgada: tres espigas secas puestas una a continuación de otra. Los
zapateros británicos comenzaron a aplicar estas medidas: un zapato de
niño que midiera trece espigas pasó a ser considerado del número 13.
En
aquella époc se puso de moda un zapato estrecho, con la punta muy
larga, que llegó a alcanzar los cincuenta centímetros. Carlos VIII los
prohibió, no porque le parecieran contrarios al sentido común, sino
porque la deformidad de sus pies le hacía precisar zapatos mas anchos,
por lo que todos debieron adaptarse.
Siguiendo
los vaivenes de la moda, este zapato absurdamente largo y puntiagudo
fue sustituido por otro cortísimo y de una anchura casi cómica.
Ya
en imperio romano se distinguí entre el zapato izquierdo y el derecho.
Sin embargo, esta diferenciación se perdió y los zapatos de ambos pies
fueron idénticos durante largo tiempo, hasta que en el siglo XIV
algunos zapateros ingleses volvieron a diferenciarlos. Sin embargo, no
fue hasta 1880, con la fabricación en serie, cuando la esta práctica se
impuso definitivamente.

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